Con las ideas trotando detrás, yo avanzaba siguiendo muy de cerca aquella melodía,
porque era uno de esos momentos misteriosos, emocionantes, en la cama, en los que desde la ventana ves que el sol se ha puesto y la luz pasa del rojo a un color sangre apagado, y sigue cambiando y oscureciéndose, como si el día estuviera vivo, pero muriéndose.
Incluso la canción del anochecer era discreta y se convertía en susurro,
como si tuviera cosas que decir que no podía contar a cara descubierta.
La letra dejó entrever que el entendimiento se hacía más profundo a medida que pasaban las horas,
y calculaba que con el alba llegaría más allá de lo que cualquier mente pudiera pensar o explicar.
Había eco de lo grande que era mi intriga, esa que me convencía de que no se podía querer algo que no se entendía,
yo,
quería entender, entendía ese querer, ansiaba descubrir,
pero las notas me distraían y empezaba a cantar de nuevo,
olvidando mi nombre, olvidando mi ropa, olvidando quién era y qué estaba estaba esperando,
del día siguiente.