Me despierto, no tengo gusto ni olfato, mi boca está chamuscada y mi nariz contaminada, aún así sé de sobra que la habitación huele a todo menos a algo agradable, yo, incluida.
Tengo que abrir mis ojos con las manos, hasta a ese hecho tan cotidiano e involuntario le falta su propia voluntad de ser involuntario esta mañana.
Lo único que recuerdo de la noche es un abandono. No sé si yo fui la abandonada o la que abandonó, sea cual sea de las dos me entristezco. En esto, una lágrima media negra galopa hacia abajo dándole un poco de vida a mi cara deteriorada, como cuando brota un río en un suelo estéril dándole esperanza, noté humedad, estaba viva, una cosa menos de la que preocuparme; detrás de la pionera vino toda la manada.
Me doy cuenta de que no lloro exactamente por la palabra abandono, sino porque realmente no recuerdo lo que pasó y, ¿qué hay peor que sufrir por algo y no saber de que se trata?
Ahogué mis penas con alcohol, creo y supongo, pero debí de echar tanto líquido encima de ellas que finalmente se hundieron, dirigiéndose lentamente hacía abajo hasta tocar fondo. Ahora, solo tengo que averiguar el fondo de que, llevarlas a flote y afrontar la realidad sin esconderme tras sustancias pulverizadas, así por lo menos las lágrimas tendrán un motivo por el que nacer, y no parecerán tan tristes y mediocres como su dueña en estos momentos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario