lunes, 18 de febrero de 2013

La expedición.

Peregriné sin descanso, meticulosamente y con ganas de deleitarme del paisaje de aquel continente.
Navegué por las ondas de tu cabello, travieso, escaso, suficiente. Me batí con las sirenas que lo guardaban de extraños, esquivándolas para que no me hechizasen con su canto, tus ojos grises, de plata, bellísimos.
A continuación me tope con dos caracolas, gemelas, idénticas, mudas y ciegas, se limitaban a escuchar mis pasos por la arena, tus orejas. ¿Y la arena? Toda aquella que aguardaba y reposaba bajo todo lo demás, tan cambiante, tantas expresiones, ese, era tu rostro.
Pero la obra maestra de este océano era la ostra, justo debajo de la piedra pómez que había salido expulsada en alguna ocasión por el volcán que aún desconocía. La roca ígnea volcánica absorbía todos los olores del océano, que no eran pocos, esa roca se parecía a tu nariz. Justo debajo de ella estaba el molusco, con sus dos valvas medio circulares y desiguales, comestible, inocente pero con ganas de pecar y yo con él. No paraba de chapotear abriendo y cerrando sus labios, pero en lo único en lo que me fijaba era en su interior. Aquella ostra, o llamemósle boca si lo prefieres, estaba llena de perlas, y de dos tipos además.
Unas eran piedras preciosas, no solo por su simetría, sino por su lustre, una forma tan deseable, un color tan extraño, tan blanco, tan perfectas, sin nada que los empequeñecieran, tus dientes. El otro tipo de perlas eran invisibles a la vista pero perceptibles para mis oídos, eran sonidos efímeros, penetrantes, más aún que el canto de tus ojos, aquellas palabras que formaban tus dientes y que expresaba tu boca eran simplemente fascinantes, embriagadoras.
Decidí continuar con mi viaje, por mucho que me costara dejar atrás aquel tesoro escondido que muchos piratas y saqueadores anhelarían poder encontrar.
Al agua siempre le sigue la tierra, fue así pues como me adentré en otro océano, pero este era sólido, estable, de dunas, acercándome cada vez más hacía tierra firme y alejándome del líquido tan sabroso por el que había nadado.
El desierto tenía dos pequeñas pirámides, a una distancia similar desde el punto medio en el que me encontraba, calizas, sobresaliendo hacia el cielo, tus pezones sobre tu pecho, tan puros ellos y tan elegante él.
Después me encontré en una encrucijada, había tres caminos posibles, pero como tenía todo el tiempo del mundo decidí caminar y caminar. Había dos a ambos lados que parecían prácticamente iguales, empecé por ellos, con la misma longitud y con el mismo final. Los culminaban dos grandes palmeras, que se movían y acariciaban a su antojo sin necesidad de viento, las fuertes plantas un poco ásperas con sus respectivos cocos en las terminaciones concordaban con tus manos, bien sujetas por sus raíces a tus brazos, éstos a tus hombros, y éstos volvían de nuevo a las pirámides, tan inmóviles, tan frágiles.
Al terminar de inspeccionar tus extremos superiores, únicos para mí en aquellos momentos de la expedición, continué hacía abajo, sin saber lo que me iba a encontrar, aventurera, temeraria, fiel a mi misma.
Un agujero, entre la llanura de tu vientre me encontré un agujero, deducirás que se trata del ombligo, el mítico ombligo donde solo se amontona pelusa, pero no es algo tan simple, yo lo veo como tu origen, el origen de este nuevo continente por el que paseaba gustosamente. Es el pozo por el cual surgió todo, el que recibió la materia y le dio forma, tu forma, la forma que estoy describiendo tan metafóricamente, así que no lo desprecies, es más que un pozo, un agujero negro y un ombligo.
Y "BOOM", de repente me choqué contra el bosque prohibido, la arboleda mágica, la selva negra, la frondosidad de las películas que siempre esconde un secreto, tu bosque, o vello púbico escondía un volcán, un considerable volcán.
Fui deslizándome cuidadosamente a través de él hasta llegar al monumental, mayúsculo, desmesurado, colosal, exorbitante y grandioso volcán. Era sencillamente sobresaliente, no por su longitud ni por su diámetro sino por la postura tan digna que poseía, tan firme, tan obra de arte, tan a punto de erupcionar, de liberar y depositar millones de partículas de polvo y de rocas ígneas por todo aquel hemisferio. Me habría gustado ver el espectáculo, pero no quería que mi visita se acabará sin llegar hasta el otro lado, así que me limite a rozar tu miembro viril, a conocer su tacto y a no mirar atrás, pues aún quedaba el camino de vuelta para entretenerse y tomar fotos.
Luego me volvió a pasar lo mismo que anteriormente con los brazos, dos caminos pero una sola dirección, la única diferencia es que en este caso ambos estaban juntos dejando entre ellos una abertura, grieta por la cual fui jugando y saltando cual niña pequeña, avanzado por aquel desafío, despacio, sin prisa alguna, esquivando pequeñas mesetas semejantes a tus rodillas y deslizándome por toboganes que resultaban ser tus piernas hasta llegar hasta tus pies anatomicamente perfectos.
Sin metáforas ni adornos, simplemente llegué a tus pies, a la meta, al fin del continente, pies, solo pies, pero éstos estaban tocando el suelo, el mismo que estaba pisando yo, y eso te hacía real, y a mi, me hacía feliz.
Ya podía entonces emprender el camino de vuelta, pues la verdadera expedición acababa de empezar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario